Análisis y comentarios de actualidad en español sobre educación, política, arte, literatura, fotografía, videos, narrativa, poesía, ensayos, y otros temas culturales en los Estados Unidos.

30 de abril de 2008

Grandes ironías

No entiendo el razonamiento de mis compatriotas. Se lanzan a las calles a protestar por las olimpiadas, a favor (o en contra) de los homosexuales, en defensa de los animales, o por cualquier otra noble causa. Lo risible es que no protesten porque este es el único país del mundo industrializado sin vacaciones garantizadas para los trabajadores; pero nadie protesta. Los empresarios llenan sus plantillas con mano de obra subcontratada por otra compañía que se embolsa un porcentaje del salario y de esa manera evitan brindarle beneficios a sus empleados, pero nadie protesta. Otro recurso de que se valen muchas empresas es el de ofrecer posiciones a tiempo parcial, para evitar las cuarenta horas que autenticarían el derecho a algunos beneficios, pero nadie protesta. Los agraciados que cuentan con un empleo “seguro”, y lo entrecomillo para recalcar que puede dejar de serlo en cualquier instante y por cualquier motivo, ahora también deben aguantar las humillaciones de ser escudriñados: No pueden fumar en horarios extralaborales. No pueden aumentar unas libritas de más. ¡No pueden ni siquiera envejecer! porque tienen que aparentar una vitalidad eterna; pero nadie protesta. Los seguros médicos cobran precios inalcanzables, pero cuando la persona se enferma buscan cualquier excusa para no cubrirles la enfermad; pero nadie protesta. La lista sería interminable y aburrida, pero sobre todo llena de ironías.
De acuerdo a un reporte publicado en el sitio CNNMoney.com, la brecha entre ricos y pobres se ha ensanchado en los últimos años. Los salarios de la mayoría trabajadora disminuyeron, mientras que para un minúsculo grupo aumentaron un nueve por ciento. La desigualdad entre ricos y pobres ya se está pareciendo a cualquier país latinoamericano o del llamado tercer mundo. La única diferencia es que en esos lugares la gente sabe que es pobre, muy pobre. Aquí, en diferencia, la gente se imagina que pertenece a una clase medianamente acaudalada. Una clase media que vive en casas de cartón y yeso prensado, que se alimenta de comida genéticamente adulterada con altos concentrados de sodio, hormonas y químicos; que ha sido entrenada a no pensar para ser manipulada fácilmente… pero nadie protesta. Y ahora que se aproximan las elecciones, el pueblo cifra sus esperanzas en el próximo presidente, como si tuviera una varita mágica para cambiarlo todo y regresarle a los desempleados sus bien remunerados trabajos que se marcharon a la China o a la India. ¡Qué ironía! Y pensar que durante muchos años nos adiestraron a sentirnos orgullosos cada vez que consumíamos algún producto “fabricado en los Estados Unidos”. Lo más irónico de todo es que se nos habla mucho de patriotismo, pero las grandes empresas no hacen patria ni protegen a los ciudadanos del país que les permiten acumular sus groseras ganancias.

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26 de abril de 2008

Éramos pocos...

¡Y parió Catana! Desde niño escuché esa frase cuando llegaba alguien a la casa en horas de la cena, o en una fiesta se aparecía un invitado con varios acompañantes. Con el tiempo deduje que dicho refrán se refería a un imprevisto y repentino aumento en la cantidad de personas reunidas y con un número determinado de comestibles para compartir. Así que si pensábamos devorar varios pastelitos y una gran cuña de pastel, ahora teníamos que conformarnos con porciones más pequeñas. Últimamente he leído que en varias partes del mundo la gente protesta por los altos precios de los alimentos. Aquí mismo, en el “país de la abundancia”, algunas tiendas ya regulan la cantidad que puede comprarse de ciertos productos. Como siempre, la gente busca causales y culpables. ¿Los precios de la gasolina? ¿Los conflictos bélicos? ¿El calentamiento global? ¿Un castigo de...? Da lo mismo, porque cuando un hijo les diga a sus padres que está hambriento, éstos saldrán dispuestos a conseguirle algo que comer aunque tengan que robarse un pan escondido en la camisa. Lo triste del caso es que la hambruna que se avecina fue previsible y evitable. La sobreexplotación de los recursos por parte de despilfarradores inconscientes, el consumismo desmedido de un puñado de sociedades industrializadas, la avaricia corporativa de vender más y ganar mucho más como quiera que fuese, ha sido tema de análisis, discusión y denuncia de infinidad de prestigiosos economistas. Recién los norteamericanos despiertan a una realidad hasta ahora escondida gracias a alucinógenos, estupefacientes, embriagues, anuncios publicitarios y medicamentos costosísimos que prometen la felicidad mientras no paren de ingerirlos: Para la gran mayoría del pueblo, el supuesto título de clase media no era más que un puñado de tarjetas crediticias de usureros legalizados y empleos de fábricas para los que no se requería un educación demasiado avanzada. Los empleos se fueron a lugares donde a los obreros se les paga menos, y las tarjetas llegaron a sus límites. Los precios siguen subiendo y no se puede derrochar todo como antes. Quizás ahora los norteamericanos comprendan que así vive la mayoría de la humanidad, y en la búsqueda de compasión por la crisis que se avecina, se sientan finalmente parte de ése mundo que tanto han explotado en nombre del progreso. Éramos pocos... y Catana parió seis billones, seiscientos sesenta y siete millones, quinientos sesenta y tres mil, novecientas veintiuna personas.

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19 de abril de 2008

Tengo hambre...

¡Qué sensación tan humana! Un hormigueo sutil por la región céntrica del cuerpo nos obliga a detenerlo todo y salir en búsqueda de cualquier alimento. Ese aspecto nos une a todos los seres vivos del planeta. Y da lo mismo si se trata de un bípedo, cuadrúpedo, mamífero, coleóptero, artrópodo, o rizópodo, todos, absolutamente todos, en algún momento del día estamos destinados a compartir la misma... ¿sensación? Bueno, le llamaré “instinto” para no meterme en divagaciones conceptuales.
El caso es que tengo hambre y me dispongo a ingerir algún alimento atractivo a la vista, el olfato, el tacto, y por supuesto, al paladar. En realidad es algo muy simple. Tengo cientos de opciones alrededor, desde una simple manzana, a una variedad de suculentos platillos congelados de tres o cuatro combinaciones que incluyen hasta el postre. No entiendo por qué mi mundana necesidad de comer se ha convertido en la complicada operación de investigar la procedencia de mis alimentos y hasta la etimología de sus ingredientes. Yo era de los que pensaba que una vaca daba leche, el trigo crecía gracias al sol y a la lluvia, una gallina ponía un huevo y una manos candorosas amasaban la harina bien tempranito en la mañana para que el trozo de pan con mantequilla acompañara mi café con leche, los huevos fritos con jamón y de colofón alguna que otra fruta. Pero no, la industria alimenticia, en competencia desigual con la naturaleza “fabrica” los alimentos con ingredientes sintéticos. Los animales engordan con hormonas para que estén consumibles en corto tiempo y ya de paso engorden también las ganancias de sus comercializadores. El otro día casi me caigo del espanto cuando leí en el contenido de un jugo de toronja roja, que había sido coloreado con extracto de un insecto. Miles de miligramos de sodio junto a sabores y olores artificiales se le adicionan a los alimentos con el objetivo de hacerlos más atractivos, más baratos, más sintéticos. Ya el azúcar de caña es casi un objeto de museo; ahora utilizamos endulzantes engendrados y adulterados molecularmente. Intento leer los ingredientes de una simple galletita (¿qué daño puede hacerme una galletita?), pero descubro con horror una letanía de palabrejas impronunciables: Oleamidopropyl Dimethylamine Hydrolyzed; Proteína animal isotérica hidrolizada AMPD; Dihydrogenated Tallow Benzylmoniumchloride; Disodium Tallowaminodipropionate. Pienso que quien inventa estos nombres debe estarse riendo con solo imaginarse nuestra expresión estúpida al tratar de pronunciarlos.
Confieso que al comienzo de esta nota estaba hambriento, pero ahora, en la medida que profundicé en la problemática alimenticia, he perdido el apetito. Quizás me vaya al mercado con mi computadora portátil para buscar el significado de los ingredientes de los alimentos, o simplemente ingiera un puñado de minúsculas uvas, siempre y cuando me aseguren que han sido certificadas “orgánicas” y provienen de nuestra hermosa naturaleza.

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18 de abril de 2008

¿Qué ha pasado?

Probablemente miles de personas en el mundo se quedaron hoy sin trabajo. Otras tantas no tuvieron ni siquiera un bocado de alimento. Niños de diferentes edades contrajeron enfermedades incurables; quizás por mala nutrición, o carencia de atención médica (la noticia de mañana será que varios de ellos murieron). En alguna parte hubo incendios, desastres naturales o guerra. Otros acontecimientos fueron insignificantes: Se quedó sin pareja. Lo mordió un perro. Se le extraviaron los espejuelos. Le faltaron unos centavos para completar el costo de un boleto de autobús y tuvo que regresar a casa caminando bajo el sol fuerte del mediodía. Pero no es todo... Varios autos chocaron. Asaltaron al viejo que leía el periódico por la mañana. Llegó a la casa y se encontró a su mujer con otro. Llegó a la casa y se encontró a su forzudo marido bañándose con el también forzudo marido de su mejor amiga. Llegó a casa, se sentó frente al televisor y comprendió que estaba sola, muy sola; por lo que subió el volumen a todo dar para imaginarse rodeada de una muchedumbre. Quién sabe cuántos perdieron la vista, una pierna, el pecho con el pezón que amamantó al primogénito. En fin, que por mucho que trate de recordar todo lo acontecido, seguro olvidaré que varias computadoras se infestaron con un virus, se pincharon miles de neumáticos, o similares cantidades de techos comenzaron a gotear después de la lluvia intensa que cayó en la madrugada. ¿Qué dirán los que me lean buscando sus desgracias y no la encuentren? Pensarán que soy un engreído y egoísta que me tomo la libertad de sortear entre todas las calamidades y escojo las que me más plazcan. Comprendo entonces lo difícil de este oficio; la responsabilidad contraída cuando se machaca el teclado; lo vulnerable que somos ante la catástrofe de la vida. Quizás debí preguntarme: ¿Qué no ha pasado? Y la respuesta hubiera sido bien fácil, simplemente “nada”.

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17 de abril de 2008

Pequeñas comparaciones...

El papa Benedicto XVI nos visita. Recepción de alfombra roja, honores militares, reunión con el presidente Bush y una pomposa misa, son algunos de los eventos programados para celebrar el apoteósico. Mucha gente se estremece de emoción ante la presencia del pontífice y aprovecha momentos como este para renovar su fe. En especial la población hispana de los Estados Unidos, predominantemente católica, pone su esperanza en que el papa interceda por los millones que llegan aquí en busca de una mejor vida, los que luego terminan explotados como esclavos y perseguidos como delincuentes. Es curioso... las grandes corporaciones se marchan a donde les da la gana y dejan ciudades enteras al borde de la miseria. Para ellas la globalización ha sido beneficiosa. Contratan a masas de extranjeros sin permiso de trabajo para pagarles sueldos miserables. El trabajador común ha perdido sus beneficios laborales, las esperanzas de ascender en la escala social, de brindarles un futuro mejor a sus hijos. ¿Qué futuro? Si muchos matrimonios regresan a convivir con sus padres porque no tienen las entradas económicas para mantener un hogar propio.
Espero que el papa interceda por ellos y ya de paso también pida disculpas por el impudor de algunos curas manoseadores de niños. Se me ocurre que esta sería muy buena oportunidad para invocar a las victimas del genocidio más abominable en la historia de la humanidad, cuando los conquistadores aniquilaron a millones de indígenas en nombre de la civilización y de la fe católica. Dicen los entendidos que la figura del papa es como la representación de Jesucristo en la tierra. Bueno, me parece que hay una pequeña diferencia: A Jesús no lo hubieran recibido con alfombra roja. Es posible que le pidieran los papeles migratorios tan pronto escucharan su nombre.
¿Se llama Jesús? Ése debe ser un ilegal... ¡Depórtenlo!

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Todo depende…

Mis lectores habrán notado que los últimos dos comentarios son ambiguos. Uno mira hacia el futuro con optimismo y en torno a las oportunidades tecnológicas. Otro analiza lo frágil de nuestra coexistencia social y especula sobre una posible hecatombe. Una vez más nos vemos en la disyuntiva de optar por lo lindo o lo feo, lo bueno o lo malo, el sueño o la pesadilla, un placer o un asco. Si nos toca decidir está bien; pero si alguien nos decide el destino, engrosaremos entonces las filas de atontados que caminan por inercia, la mirada baja, el estómago vacío, los huesos a punto de quebrarse y la maldición, la maldita maldición que acosa impertinente como sombra. Por eso la gente se ha inventado la ilusión del paraíso en lo invisible del universo. ¿Dura vida? No importa, alguien dijo que para los pobres habrá un reino; claro está, después que falte aliento para respirarlo. Así que más vale estarse tranquilito y cooperando, sin cavilar mucho en nimiedades como los millones que se despilfarran en la muerte de los vivos, en vez de invertirlos en los millones de impávidos moribundos. Todo depende de la ingenuidad, desconfianza, resignación o de marcharnos al toque del unísono redoble. ¿Qué diablos importa si nos multiplicamos como insectos para revolotear en torno al mismo desperdicio? Entonces abundarán los teoremas y las fórmulas, las predicciones jeroglíficas y hasta los efímeros privilegios. Así que irremediablemente llegará el día en que la fragancia de la rosa olerá tan nauseabunda como la resaca de una luna llena. Es el simple anatema que preservamos por instinto para desentrañar la alucinación del tiempo, aunque todo depende…

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15 de abril de 2008

Cuando digo futuro...

Confieso que a veces temo, en especial cuando miro al pasado y descubro que casi todos los sueños del hombre se han hecho realidad: Veinte mil leguas de viaje submarino, De la tierra a la luna, y La vuelta al mundo en ochenta días, del escritor francés Julio Verne (1828-1905), son unos ínfimos ejemplos, entre muchos, sobre presagios aparentemente inverosímiles que paulatinamente se convirtieron en realidad. De ahí que géneros literarios de ciencia ficción y fantasiosos fueran tan bien recibidos por una audiencia ávida de escapismo. Ahora que se han disparado los precios de muchos alimentos básicos alrededor del mundo, cabría especular si llegaremos a ser testigos de una sociedad barbárica. Hay muchas obras, y hasta películas, que pronostican la decadencia de la humanidad que lucha por sobrevivir en un mundo semidestruido por las guerras. Los religiosos se regocijan anunciando los últimos tiempos, mientras que los ateos se regocijan de manera parecida. Para unos el fin se debe a la ira de Dios, mientras que para otros se debe a la estupidez del hombre con su consumismo voraz y destructivo. Cualquiera que tenga la razón terminará descompuesto en minúsculas moléculas. Entonces vale preguntarnos si esta hambruna colectiva es el preámbulo de la fatídica hecatombe o un simple apretón más de los grandes torturadores corporativos para ver hasta donde nos resiste el gaznate. Al final... ¿Qué importa? Como quiera la suerte de la humanidad está echada, y tarde o temprano descubriremos si esas historias tenebrosas también formarán parte de nuestra extensa colección de calamidades. Por eso no escatimo los esfuerzos por sonreírle a cada quién que comparte mi camino. Al final de cuentas, sería horripilante imaginarme vagabundeando por las calles y dispuesto a matar al primero que se me atraviese con unos rastrojos de comida.

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12 de abril de 2008

No temamos al futuro...

Escucho a diario los desprecios con que algunos profesores se refieren a las nuevas tecnologías. No se dan cuenta que con dichas actitudes reflejan la falta de motivación por adquirir nuevos conocimientos. Lo peor es que los alumnos son testigos de ese negativismo y en vez de encontrar en las instituciones educativas un ambiente de renovación intelectual que los prepare para los retos reales del futuro, se tropiezan con profesores estancados en el pasado. Como resultado, muchos alumnos sienten que los altos precios de sus clases son una estafa. En otras palabras, algunas escuelas se han convertido en tiendas que venden credenciales académicas que no sirven para nada. Por eso no debe extrañarnos la cantidad de titulados que terminan en trabajos para los que se requiere una preparación inferior y son mal remunerados. Hoy el diario español El País publica una nota excelente sobre el tema. Hay quienes argumentan que la tecnología está erosionando a los lenguajes, volviéndonos dependiente de máquinas y reduciendo la capacidad de razonamiento. ¡No es cierto! Por el contrario, la tecnología obliga a saber investigar, a descubrir los términos apropiados de búsqueda y a discernir entre toda la información encontrada cuál es la más válida. Las máquinas pueden almacenar millones de páginas con toda clase de contenido, pero somos nosotros los que finalmente debemos contar con los conocimientos que nos permitan diferenciarlas. En cuanto a los lenguajes... ¿a qué le tememos? Aún si con el tiempo se infestaran de neologismos y terminaran reducidos a simples imprecaciones, anagramas y acrónimos, no podemos olvidarnos que la comunicación de la humanidad comenzó por señas. Quizás terminemos de la misma manera, pero lo importante es, en resumidas cuentas, transmitir nuestras ideas y sentimientos. Los libros son pilares del conocimiento, pero en la medida que la población se multiplica y el medio ambiente se destruye, se buscan alternativas que eliminen la necesidad de podar nuestros árboles para la elaboración del papel. Las nuevas tabletas digitales de lectura permiten almacenar una biblioteca completa en la palma de la mano, acceder al diccionario con solo golpear una palabra, traducir el texto a cualquier idioma, magnificar el tamaño de letra, enviarle una cita sobresaliente a un amigo, contestar una llamada telefónica y hasta escribir anotaciones tal como lo hacíamos en los márgenes de las páginas.
No le temamos al futuro. Los educadores tenemos la responsabilidad de educarnos para educar y el dominio de la tecnología es quizás lo prioritario que debamos inculcarnos para podérselo transmitir a nuestros alumnos. De lo contrario, continuaremos egresando generaciones de graduados semianalfabetos y semifuncionales.

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10 de abril de 2008

Un mundo, un sueño...

Nadie sabe a ciencia cierta que hacían en Olimpia en el año 776 a.C. Quizás era tanto el aburrimiento que, al no poder leer ni siquiera un blog, se inventaron una forma de divertirse con el pretexto de alabar a los dioses, en especial a Zeus, que dicho sea de paso tenía fama de mujeriego y hasta de pederasta. Pero bueno, dejemos esa historia para los investigadores o los chismosos. Lo que sabemos en realidad es que un tal adinerado aristócrata francés llamado Pierre de Frédy, Barón de Coubertín, se le ocurrió revivir la tradición griega de reunir a deportistas y competir. Como dice el viejo refrán que “De buenas intensiones está lleno el infierno”, un montón de años más tarde y un mundo acaparado por un puñado de corporaciones multimillonarias, han hecho de las olimpiadas una competencia publicitaria muy sustanciosa.
El próximo verano el país anfitrión será China, quién con el simbólico lema de “Un mundo, un sueño”, saldrá a la palestra del mundo para mostrarle su recién estrenado “capicomunismo”. No entiendo bien el significado de dicho neologismo, pero leí hace tiempo que las corporaciones estaban muy felices de hacer negocios con el Politburó comunista chino que les aseguraba una masa obrera obediente. ¡Vaya contradicción! Los Estados Unidos, paladín de la democracia, en concubinato con los ideólogos de Mao... bueno, en resumidas cuentas ambos son los dueños de grandes monopolios, quizás de ahí salió la inspiración del lema de estas olimpiadas.
Desgraciadamente para los chinos, la gente apoya a los ciudadanos del Tibet, especialmente desde que varias celebridades de Hollywood hicieron “cool” la moda de la meditación y el uso de las pulseritas de oraciones. Así que estas olimpiadas han despuntado mal, con miles de personas protestando por el maltrato chino a los budistas tibetanos. Ahora nos queda esperar a que Estados Unidos, tan fuerte defensor de la libertad de culto y expresión, fuerce a sus mejores socios comerciales a mejorar la imagen pública para que no se afecten los intereses y las inversiones de las grandes empresas, las que serán los verdaderos competidores en acaparar la atención de los pobres espectadores. Mientras tanto nosotros seguiremos entretenidos, como siempre, con un poco de pan y mucho circo.

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9 de abril de 2008

Allí fumé...

Hay frases que trascienden generaciones. En realidad uno no sabe bien cuándo se originaron, por qué, ni su verdadero significado. Es más, estoy seguro que en varias culturas cambian de connotación. Por eso me refiero a “Allí fumé” como metáfora del lenguaje popular cubano para expresar la idea de, “aquél tiene la culpa”. Cuando hay un gran problema y alguien pregunta quién es el culpable, uno estira inmediatamente el índice y señala lo que se le ocurra al unísono de dicha frase.
Ahora que se ha formado la debacle de la economía norteamericana, todo el mundo se apresta a buscar un culpable. Por eso entre las notas más relevantes de periódicos digitales como Vanguardia, de Coahuila, México; El País, de España; Economía y Negocios, de El Mercurio de Chile; y Reuters de América Latina, entre otros, aparece la de Alan Greenspan echándole la culpa a alguien: “El núcleo del problema ‘sub-prime’ yace en los errores de juicio de la comunidad de inversión". Ah caramba, eso me suena a la frase ¡allí fumé! Lo irrisorio del frío análisis de estos eminentes economistas, es que se olvidan de los factores sociales que dieron lugar a la cochambre.
Hace años que han ido desapareciendo los trabajos altamente remunerados de manufactura que mantenían a miles en la clase media. Sin muchas alternativas, salvo la de encadenar dos o tres empleos para compensar los salarios perdidos, o la miserable cuota de desempleo de unas cuantas semanas, muchos norteamericanos vieron en la especulación con los bienes raíces la posibilidad de inventarse una entrada monetaria decorosa.
¿Por qué no invirtieron en la bolsa? Bueno mi querido Greenspan, el ciudadano promedio no puede sentarse a esperar que sus reducidos ahorros o los créditos de altos intereses le produzcan usufructos en los próximos veinte años. Uno tiene que comer, ¿sabe?, y proveerle a la familia.
La crisis inmobiliaria es la punta de un iceberg. El pueblo no sabe ya a dónde recurrir y recién comienza a comprender que el cacareado sueño americano se le está convirtiendo en pesadilla. Quizás lo más inteligente en este tiempo sea ir aprendiendo a hablar el mandarín, por si acaso en un futuro tengamos que salir corriendo hacia la China en busca de empleos para “ilegales”.

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8 de abril de 2008

Buenas noticias....

Me avergüenzo que, cuando me dispongo a comentar alguna noticia para compartirla con mis lectores, descubro que casi siempre termino hablando de calamidades. ¿Acaso el periodismo vive de las malas noticias? Quizás a la gente le importe poco enterarse de los sucesos buenos. Se nos ha desarrollado una especie de morbosidad por la historia sensacionalista, de sangre, el accidente espectacular, la debacle financiera, el político corrupto (disculpen el eufemismo), los robos heroicos, la destrucción de fenómenos naturales, y cualquier otra desgracia que nos... ¿Entretenga? Porque utilizar los términos, “eduque” o “informe” están un poco fuera de moda. La gente quiere entretenimiento, puro y simple, que no obligue a pensar demasiado ni tampoco nos ablande. Quizás de ahí venga la popularidad de los blogs, ya que uno se da el lujo de seleccionar el que hable de aquello que le guste. Así encontramos una miríada de ellos. Lo que me causa mucha tristeza es cuando encuentro un blog abandonado. Pienso en la alegría de su creador el día que compartió una idea, un sueño, un consejo... y luego se apagó su voz para perderse nuevamente en el anonimato de la inmensidad del mundo.
A pesar que me propuse compartir con ustedes una buena noticia, presiento que, irremediablemente, el fatalismo me acecha. Entonces les sugiero que apaguen la televisión, tiren el periódico a la basura, salgan inmediatamente de este blog y a la primera persona que se les ponga delante denle un buen apretón de manos y pónganse a conversar. Es posible que hoy sea el comienzo de una linda amistad. ¡Y ésa sí sería una buena noticia!
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6 de abril de 2008

No tengo ganas de escribir...

De veras que uno se cansa. Me pasé toda la noche escribiendo un ensayo sobre los modismos en el lenguaje, así que cuando desperté esta mañana sentí que se me había congelado el cerebro. Nada, ni una simple idea, fugaz rememoración, o insano pensamiento que motivara a comunicarme por medio de la escritura. ¡Qué vergüenza! ¡Con tanto que comentar!
La economía del mundo se está derrumbando gracias a la voracidad corporativa. Para nadie es un secreto que la educación está cada día peor y los niveles de analfabetismo funcional son alarmantes. Seguimos despilfarrando los recursos del mundo al punto en que la vida será insostenible. Nos matamos los unos a los otros en nombre de Dios, de la democracia, del dinero y hasta de la misma paz. Todavía hay muchos pueblos que no conocen ni la ínfima comodidad de la que hace años disfrutamos algunos. La palabra discriminación es un eufemismo que agrupa el sufrimiento de millones, sobre todo esos vulnerables: los “diferentes”, pobres, mujeres, niños, ancianos, desvalidos; los que sirven de referencias a los exaltados discursos políticos que motivan a las grandes masas. La gente se atraganta y engorda con comida chatarra y luego se enferma y atraganta de medicamentos costosísimos y más tarde muere por falta de atención médica. ¡Un negocio redondo! Se controla al pueblo contento con la barriga llena; luego se le saca hasta el último centavo con el pretexto de mantenerlo vivo, y al final nos deshacemos rápidamente de los más desafortunados.
Confieso que cuando abrí los ojos por primera vez y contemplé alrededor la vida, nunca imaginé que mi existencia transcurriría rodeada de tanto cinismo. Pero lo que realmente me aterra es que el día que me marche, alguien o algo me obligue a regresar, aunque sea inerte e incrustado en una minúscula partícula cósmica.

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5 de abril de 2008

Revoltijo noticioso...

Por fin a los cubanos le han dado “permiso” para tener algunos lujos que habían estado reservados exclusivamente para el consumo extranjero. Ya pueden hospedarse en un hotel, hablar por un celular y hasta comprase algunos efectos electrónicos; aunque quizás el más importante sea el comprar una computadora. Durante años he escuchado a muchas personas alabar el sistema educativo de Cuba y decir que los cubanos son las personas más educadas del mundo. ¿Cómo puede serlo el que ha permanecido relegado del aprendizaje tecnológico, del acceso a la rica fuente informática de Internet, y del contacto con las culturas del mundo? Quizás un privilegiado grupo, la elite, le créme de le créme, no haya sufrido las mismas limitaciones. Pero bueno, celebremos al fin el beneplácito...
En otra nota, la filóloga cubana Yoani Sánchez, convertida en periodista digital mediante su blog Generación Y, recibió el prestigioso premio de periodismo Ortega y Gasset que otorga el diario español El País. Es impresionante la valentía de esta joven para burlar la censura oficialista, abrirse un espacio y ejercer su libertad de expresión. Ella es una inspiración para todos los blogueros. ¡Felicidades y adelante!
Bueno, ahora me pregunto si con un salario promedio de 245 pesos, equivalente a unos $9 dólares mensuales, los cubanos tendrán la posibilidad de disfrutar las aperturas concedidas. ¿Acaso pedirán a sus familiares y amigos “mafiosos de Miami” que les envíen unos dolaritos para experimentar el placer de hacer el amor en la privacidad de un hotel? ¿Qué tal una llamadita por el recién estrenado celular? ¡Ya pueden avisarse que están repartiendo papas en la bodega! Me imagino la expresión de un joven que por primera vez encienda su ordenador y vea con asombro a través de una pantalla las primeras imágenes del mundo...

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2 de abril de 2008

El sol quema con la misma luz...

Ayer un viejo amigo me escribió para señalarme que había descubierto un gazapo en mi blog. Escribí en mi perfil, nada más ni nada menos que el apellido de Miguel de Cervantes con “S”. ¡Vaya error imperdonable para un plumífero empedernido y sempiterno estudioso de la obra cervantina! Una vez superada la humillación y después de flagelarme el resto de la madrugada con elucubraciones maléficas que incluyeron la posibilidad de cercenarme el dedo mal metido en el teclado de mi ordenador, comprendí las diferentes circunstancias en que solía escribir a máquina en la placentera soledad de mi salita destartalada de Cuba y las nuevas de esta tumultuosa realidad:
La mayoría de las veces me siento entre el bullicio de la cafetería de la universidad y me atraganto un pedazo de pizza recalentada acompañada de un café (también recalentado). Entre un grupo de cuatro o cinco libros, uno en francés, dos en español y dos en inglés, le abro un espacio a mi inseparable ordenador portátil. Mientras le doy forma a mi humilde bitácora, aprendo unas nuevas palabras en náhuatl, repaso el tema de una investigación etnográfica sobre el baile flamenco en San Antonio, garabateo unos apuntes del ensayo que debo terminar antes del lunes sobre la obra del prestigioso sociólogo español Amando de Miguel, que dicho sea de paso, con él tomo una clase; también comienzo la edición de un video para una presentación audiovisual de maestría sobre arte y folclor; ah, y casi se me olvidaba transcribir una entrevista para otro ensayo sobre lingüística y morfología del lenguaje.
Creo que después de releer esta entrada personal, con el fin de cerciorarme que no tenga errores demasiado espeluznantes que exacerben la ecuanimidad de mis amigos, les pido a todos mil disculpas por adelantado a causa de algún dedo resbalado que debí meter en otra parte.

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1 de abril de 2008

El día de los tontos...

Hoy es el primero de abril y en varios países, especialmente en Estados Unidos e Inglaterra, se celebra el día de los tontos. No hay una versión exacta sobre su historia, ya que algunos dicen que se originó a partir del cambio de calendario que hizo el Papa Gregorio XIII en 1582 y otros la relacionan al comienzo del equinoccio vernal o primer punto de Aries, aunque este realmente ocurre el 21 o 22 de marzo. El nuevo calendario gregoriano comenzaba el primero de enero y mucha gente se negó a aceptarlo, por lo que siguieron celebrando el primero de abril.
Personalmente, creo que debiéramos celebrar cada día del año como día de los tontos. ¿Acaso no somos tontos los que elegimos a nuestros gobernantes con la esperanza que van a defender nuestros intereses? Al final terminan protegiendo a las grandes corporaciones, a los ricos, o como en el caso de los autoproclamados “populistas”, viviendo la dolce vita. ¿Acaso no somos tontos los que hemos colaborado al enriquecimiento desmedido de un minúsculo grupo? Consumimos en desmedida un sinfín de productos y objetos inútiles. Nos dejamos engañar con eslogan publicitarios que prometen mucho y al final nos roban “legalmente” el dinero. ¿Acaso no somos tontos cuando nos sometemos a la usura desmedida de los depredadores bancarios? Cuando usamos las tarjetas de crédito o financiamos algo, terminamos pagando tres o cuatro veces su valor original; sin embargo, nos obligan a depender de la usura como estilo de vida. ¿Acaso no somos tontos los que soportamos en silencio, bajamos la cabeza cada día y marchamos por la vida soñando sueños imposibles?
¡Celebremos nuestro día! Vamos a embriagarnos con otros tontos y a compartir nuestra ingenuidad. Por lo menos hoy nos creeremos realmente felices, ¡muy felices!, y gracias a las bromas y las risas olvidaremos la miseria del mundo y nuestra disfrazada esclavitud.