Análisis y comentarios de actualidad en español sobre educación, política, arte, literatura, fotografía, videos, narrativa, poesía, ensayos, y otros temas culturales en los Estados Unidos.

6 de abril de 2008

No tengo ganas de escribir...

De veras que uno se cansa. Me pasé toda la noche escribiendo un ensayo sobre los modismos en el lenguaje, así que cuando desperté esta mañana sentí que se me había congelado el cerebro. Nada, ni una simple idea, fugaz rememoración, o insano pensamiento que motivara a comunicarme por medio de la escritura. ¡Qué vergüenza! ¡Con tanto que comentar!
La economía del mundo se está derrumbando gracias a la voracidad corporativa. Para nadie es un secreto que la educación está cada día peor y los niveles de analfabetismo funcional son alarmantes. Seguimos despilfarrando los recursos del mundo al punto en que la vida será insostenible. Nos matamos los unos a los otros en nombre de Dios, de la democracia, del dinero y hasta de la misma paz. Todavía hay muchos pueblos que no conocen ni la ínfima comodidad de la que hace años disfrutamos algunos. La palabra discriminación es un eufemismo que agrupa el sufrimiento de millones, sobre todo esos vulnerables: los “diferentes”, pobres, mujeres, niños, ancianos, desvalidos; los que sirven de referencias a los exaltados discursos políticos que motivan a las grandes masas. La gente se atraganta y engorda con comida chatarra y luego se enferma y atraganta de medicamentos costosísimos y más tarde muere por falta de atención médica. ¡Un negocio redondo! Se controla al pueblo contento con la barriga llena; luego se le saca hasta el último centavo con el pretexto de mantenerlo vivo, y al final nos deshacemos rápidamente de los más desafortunados.
Confieso que cuando abrí los ojos por primera vez y contemplé alrededor la vida, nunca imaginé que mi existencia transcurriría rodeada de tanto cinismo. Pero lo que realmente me aterra es que el día que me marche, alguien o algo me obligue a regresar, aunque sea inerte e incrustado en una minúscula partícula cósmica.

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29 de marzo de 2008

¿Qué pasa con la economía?...

No me considero un entendido en materias económicas, por eso, cuando leo en los periódicos que se avecina una recesión (llamémosle “crisis” para que todos entiendan), me asombra que nadie se digne a reconocer el meollo del problema: Durante muchos años los norteamericanos se convirtieron en clase media gracias a los empleos de buena paga de las fábricas. No hacía falta una educación demasiado sofisticada. Cuando mucho, terminar un nivel de preparatoria garantizaba el devengar un salario suficiente para comprarse una casa en los suburbios, mandar a los hijos a la universidad y retirarse decorosamente a pasear por el resto del país. En muchas ocasiones los hijos heredaban los trabajos de sus padres y continuaba la bonanza. Un buen día las corporaciones cerraron las fábricas y se marcharon a países en donde los sueldos eran muy bajos, por lo que las ganancias se multiplicaban enormemente y entonces vino la hecatombe. Lo que vemos hoy como la crisis que se avecina, es producto de lo que ha estado en incubación alrededor de veinte años. Los trabajos de buena paga se marcharon al extranjero. Los que más abundan son los de servicios e informales que malamente sirven para suplir las necesidades primordiales salvo que se combinen dos o tres de ellos. Ya no queda mucho por inventar porque las supertiendas lo acaparan todo. Sin embargo, los precios suben a diario mientras los beneficios laborales se esfuman. Entonces, ¿de qué se sorprenden los economistas? Quizás de que el pueblo norteamericano haya aguantado demasiado; que todavía queden gentes con sueños que esperan por el futuro en la tierra prometida; que todos soporten en silencio la pérdida de una riqueza que cada día se reparte entre unos pocos.

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