¿Qué pasa con la economía?...
No me considero un entendido en materias económicas, por eso, cuando leo en los periódicos que se avecina una recesión (llamémosle “crisis” para que todos entiendan), me asombra que nadie se digne a reconocer el meollo del problema: Durante muchos años los norteamericanos se convirtieron en clase media gracias a los empleos de buena paga de las fábricas. No hacía falta una educación demasiado sofisticada. Cuando mucho, terminar un nivel de preparatoria garantizaba el devengar un salario suficiente para comprarse una casa en los suburbios, mandar a los hijos a la universidad y retirarse decorosamente a pasear por el resto del país. En muchas ocasiones los hijos heredaban los trabajos de sus padres y continuaba la bonanza. Un buen día las corporaciones cerraron las fábricas y se marcharon a países en donde los sueldos eran muy bajos, por lo que las ganancias se multiplicaban enormemente y entonces vino la hecatombe. Lo que vemos hoy como la crisis que se avecina, es producto de lo que ha estado en incubación alrededor de veinte años. Los trabajos de buena paga se marcharon al extranjero. Los que más abundan son los de servicios e informales que malamente sirven para suplir las necesidades primordiales salvo que se combinen dos o tres de ellos. Ya no queda mucho por inventar porque las supertiendas lo acaparan todo. Sin embargo, los precios suben a diario mientras los beneficios laborales se esfuman. Entonces, ¿de qué se sorprenden los economistas? Quizás de que el pueblo norteamericano haya aguantado demasiado; que todavía queden gentes con sueños que esperan por el futuro en la tierra prometida; que todos soporten en silencio la pérdida de una riqueza que cada día se reparte entre unos pocos.













