Grandes ironías
No entiendo el razonamiento de mis compatriotas. Se lanzan a las calles a protestar por las olimpiadas, a favor (o en contra) de los homosexuales, en defensa de los animales, o por cualquier otra noble causa. Lo risible es que no protesten porque este es el único país del mundo industrializado sin vacaciones garantizadas para los trabajadores; pero nadie protesta. Los empresarios llenan sus plantillas con mano de obra subcontratada por otra compañía que se embolsa un porcentaje del salario y de esa manera evitan brindarle beneficios a sus empleados, pero nadie protesta. Otro recurso de que se valen muchas empresas es el de ofrecer posiciones a tiempo parcial, para evitar las cuarenta horas que autenticarían el derecho a algunos beneficios, pero nadie protesta. Los agraciados que cuentan con un empleo “seguro”, y lo entrecomillo para recalcar que puede dejar de serlo en cualquier instante y por cualquier motivo, ahora también deben aguantar las humillaciones de ser escudriñados: No pueden fumar en horarios extralaborales. No pueden aumentar unas libritas de más. ¡No pueden ni siquiera envejecer! porque tienen que aparentar una vitalidad eterna; pero nadie protesta. Los seguros médicos cobran precios inalcanzables, pero cuando la persona se enferma buscan cualquier excusa para no cubrirles la enfermad; pero nadie protesta. La lista sería interminable y aburrida, pero sobre todo llena de ironías.De acuerdo a un reporte publicado en el sitio CNNMoney.com, la brecha entre ricos y pobres se ha ensanchado en los últimos años. Los salarios de la mayoría trabajadora disminuyeron, mientras que para un minúsculo grupo aumentaron un nueve por ciento. La desigualdad entre ricos y pobres ya se está pareciendo a cualquier país latinoamericano o del llamado tercer mundo. La única diferencia es que en esos lugares la gente sabe que es pobre, muy pobre. Aquí, en diferencia, la gente se imagina que pertenece a una clase medianamente acaudalada. Una clase media que vive en casas de cartón y yeso prensado, que se alimenta de comida genéticamente adulterada con altos concentrados de sodio, hormonas y químicos; que ha sido entrenada a no pensar para ser manipulada fácilmente… pero nadie protesta. Y ahora que se aproximan las elecciones, el pueblo cifra sus esperanzas en el próximo presidente, como si tuviera una varita mágica para cambiarlo todo y regresarle a los desempleados sus bien remunerados trabajos que se marcharon a la China o a la India. ¡Qué ironía! Y pensar que durante muchos años nos adiestraron a sentirnos orgullosos cada vez que consumíamos algún producto “fabricado en los Estados Unidos”. Lo más irónico de todo es que se nos habla mucho de patriotismo, pero las grandes empresas no hacen patria ni protegen a los ciudadanos del país que les permiten acumular sus groseras ganancias.
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