Análisis y comentarios de actualidad en español sobre educación, política, arte, literatura, fotografía, videos, narrativa, poesía, ensayos, y otros temas culturales en los Estados Unidos.

24 de mayo de 2008

Exámenes, graduación y vacaciones...

De veras que después de unas semanas muy agitadas uno pierde el hábito de escribir. Y es que a veces se acumulan los temas pero el tiempo se hace corto, especialmente durante los exámenes finales. Después de mi graduación decidí tomarme una semana de vacaciones en México. Bueno, la verdad es que como tanto mi esposa y yo no podemos pagar un seguro médico en los Estados Unidos tenemos que viajar al país vecino para revisarnos y analizar en que proporción hemos sido víctimas de la comida genéticamente adulterada y los pesticidas que invaden el entorno. Llamarles “vacaciones” es un recurso para menguar la onerosa condición que compartimos más de treinta millones de coterráneos. No obstante las calamidades siguen... Si dejara de escribir un par de años y comenzara de nuevo, estoy seguro que descubriría que ahora el pobre es más pobre, el rico más rico y los del medio siguen ilusionados en su lucha por pertenecer al grupo de los unos, o en su temor a caer en el grupo de los otros. Comoquiera, gracias a esta gran masa de gentes llena de sueños y temores es que funciona la sociedad. Lo triste es que hay más probabilidades de convertirse en pobre que terminar en rico. Las riquezas del mundo están en manos de un diez por ciento de sus habitantes. Un treinta por ciento se considera clase media y el resto, alrededor de un sesenta por ciento, los más pobres. Con esa distribución milenaria valdría preguntarse: ¿Cómo es posible que un grupo tan reducido de personas controle el destino del resto del mundo? ¿De qué valen tantos adelantos tecnológicos y que viajemos a otros universos si no hemos sido capaces de compartir la felicidad?
Algunos argumentan que somos egoístas por naturaleza, que el acaparamiento de la riqueza es una condición humana y nuestra predestinación es subir en el estrato social pisoteando las cabezas de quien se nos cruce en el camino. Pero la vida es un proceso de aprendizaje y cuando un niño nace digiere lo que le pongan en la boca. O sea, que si educáramos a nuestros hijos a preocuparse por la felicidad de todos, por la igualdad y la justicia, por la conservación de los recursos naturales, por la dignidad de toda nuestra especie, pudiéramos regocijarnos de haber construido una sociedad global realmente valiosa. Quizás sin tantos tarecos superfluos de consumo y sin tanta embustera publicidad que manipula la ignorancia de los más vulnerables. Entonces, solamente entonces, vivir valdría realmente la pena.

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26 de abril de 2008

Éramos pocos...

¡Y parió Catana! Desde niño escuché esa frase cuando llegaba alguien a la casa en horas de la cena, o en una fiesta se aparecía un invitado con varios acompañantes. Con el tiempo deduje que dicho refrán se refería a un imprevisto y repentino aumento en la cantidad de personas reunidas y con un número determinado de comestibles para compartir. Así que si pensábamos devorar varios pastelitos y una gran cuña de pastel, ahora teníamos que conformarnos con porciones más pequeñas. Últimamente he leído que en varias partes del mundo la gente protesta por los altos precios de los alimentos. Aquí mismo, en el “país de la abundancia”, algunas tiendas ya regulan la cantidad que puede comprarse de ciertos productos. Como siempre, la gente busca causales y culpables. ¿Los precios de la gasolina? ¿Los conflictos bélicos? ¿El calentamiento global? ¿Un castigo de...? Da lo mismo, porque cuando un hijo les diga a sus padres que está hambriento, éstos saldrán dispuestos a conseguirle algo que comer aunque tengan que robarse un pan escondido en la camisa. Lo triste del caso es que la hambruna que se avecina fue previsible y evitable. La sobreexplotación de los recursos por parte de despilfarradores inconscientes, el consumismo desmedido de un puñado de sociedades industrializadas, la avaricia corporativa de vender más y ganar mucho más como quiera que fuese, ha sido tema de análisis, discusión y denuncia de infinidad de prestigiosos economistas. Recién los norteamericanos despiertan a una realidad hasta ahora escondida gracias a alucinógenos, estupefacientes, embriagues, anuncios publicitarios y medicamentos costosísimos que prometen la felicidad mientras no paren de ingerirlos: Para la gran mayoría del pueblo, el supuesto título de clase media no era más que un puñado de tarjetas crediticias de usureros legalizados y empleos de fábricas para los que no se requería un educación demasiado avanzada. Los empleos se fueron a lugares donde a los obreros se les paga menos, y las tarjetas llegaron a sus límites. Los precios siguen subiendo y no se puede derrochar todo como antes. Quizás ahora los norteamericanos comprendan que así vive la mayoría de la humanidad, y en la búsqueda de compasión por la crisis que se avecina, se sientan finalmente parte de ése mundo que tanto han explotado en nombre del progreso. Éramos pocos... y Catana parió seis billones, seiscientos sesenta y siete millones, quinientos sesenta y tres mil, novecientas veintiuna personas.

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9 de abril de 2008

Allí fumé...

Hay frases que trascienden generaciones. En realidad uno no sabe bien cuándo se originaron, por qué, ni su verdadero significado. Es más, estoy seguro que en varias culturas cambian de connotación. Por eso me refiero a “Allí fumé” como metáfora del lenguaje popular cubano para expresar la idea de, “aquél tiene la culpa”. Cuando hay un gran problema y alguien pregunta quién es el culpable, uno estira inmediatamente el índice y señala lo que se le ocurra al unísono de dicha frase.
Ahora que se ha formado la debacle de la economía norteamericana, todo el mundo se apresta a buscar un culpable. Por eso entre las notas más relevantes de periódicos digitales como Vanguardia, de Coahuila, México; El País, de España; Economía y Negocios, de El Mercurio de Chile; y Reuters de América Latina, entre otros, aparece la de Alan Greenspan echándole la culpa a alguien: “El núcleo del problema ‘sub-prime’ yace en los errores de juicio de la comunidad de inversión". Ah caramba, eso me suena a la frase ¡allí fumé! Lo irrisorio del frío análisis de estos eminentes economistas, es que se olvidan de los factores sociales que dieron lugar a la cochambre.
Hace años que han ido desapareciendo los trabajos altamente remunerados de manufactura que mantenían a miles en la clase media. Sin muchas alternativas, salvo la de encadenar dos o tres empleos para compensar los salarios perdidos, o la miserable cuota de desempleo de unas cuantas semanas, muchos norteamericanos vieron en la especulación con los bienes raíces la posibilidad de inventarse una entrada monetaria decorosa.
¿Por qué no invirtieron en la bolsa? Bueno mi querido Greenspan, el ciudadano promedio no puede sentarse a esperar que sus reducidos ahorros o los créditos de altos intereses le produzcan usufructos en los próximos veinte años. Uno tiene que comer, ¿sabe?, y proveerle a la familia.
La crisis inmobiliaria es la punta de un iceberg. El pueblo no sabe ya a dónde recurrir y recién comienza a comprender que el cacareado sueño americano se le está convirtiendo en pesadilla. Quizás lo más inteligente en este tiempo sea ir aprendiendo a hablar el mandarín, por si acaso en un futuro tengamos que salir corriendo hacia la China en busca de empleos para “ilegales”.

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