Análisis y comentarios de actualidad en español sobre educación, política, arte, literatura, fotografía, videos, narrativa, poesía, ensayos, y otros temas culturales en los Estados Unidos.

15 de abril de 2008

Cuando digo futuro...

Confieso que a veces temo, en especial cuando miro al pasado y descubro que casi todos los sueños del hombre se han hecho realidad: Veinte mil leguas de viaje submarino, De la tierra a la luna, y La vuelta al mundo en ochenta días, del escritor francés Julio Verne (1828-1905), son unos ínfimos ejemplos, entre muchos, sobre presagios aparentemente inverosímiles que paulatinamente se convirtieron en realidad. De ahí que géneros literarios de ciencia ficción y fantasiosos fueran tan bien recibidos por una audiencia ávida de escapismo. Ahora que se han disparado los precios de muchos alimentos básicos alrededor del mundo, cabría especular si llegaremos a ser testigos de una sociedad barbárica. Hay muchas obras, y hasta películas, que pronostican la decadencia de la humanidad que lucha por sobrevivir en un mundo semidestruido por las guerras. Los religiosos se regocijan anunciando los últimos tiempos, mientras que los ateos se regocijan de manera parecida. Para unos el fin se debe a la ira de Dios, mientras que para otros se debe a la estupidez del hombre con su consumismo voraz y destructivo. Cualquiera que tenga la razón terminará descompuesto en minúsculas moléculas. Entonces vale preguntarnos si esta hambruna colectiva es el preámbulo de la fatídica hecatombe o un simple apretón más de los grandes torturadores corporativos para ver hasta donde nos resiste el gaznate. Al final... ¿Qué importa? Como quiera la suerte de la humanidad está echada, y tarde o temprano descubriremos si esas historias tenebrosas también formarán parte de nuestra extensa colección de calamidades. Por eso no escatimo los esfuerzos por sonreírle a cada quién que comparte mi camino. Al final de cuentas, sería horripilante imaginarme vagabundeando por las calles y dispuesto a matar al primero que se me atraviese con unos rastrojos de comida.

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12 de abril de 2008

No temamos al futuro...

Escucho a diario los desprecios con que algunos profesores se refieren a las nuevas tecnologías. No se dan cuenta que con dichas actitudes reflejan la falta de motivación por adquirir nuevos conocimientos. Lo peor es que los alumnos son testigos de ese negativismo y en vez de encontrar en las instituciones educativas un ambiente de renovación intelectual que los prepare para los retos reales del futuro, se tropiezan con profesores estancados en el pasado. Como resultado, muchos alumnos sienten que los altos precios de sus clases son una estafa. En otras palabras, algunas escuelas se han convertido en tiendas que venden credenciales académicas que no sirven para nada. Por eso no debe extrañarnos la cantidad de titulados que terminan en trabajos para los que se requiere una preparación inferior y son mal remunerados. Hoy el diario español El País publica una nota excelente sobre el tema. Hay quienes argumentan que la tecnología está erosionando a los lenguajes, volviéndonos dependiente de máquinas y reduciendo la capacidad de razonamiento. ¡No es cierto! Por el contrario, la tecnología obliga a saber investigar, a descubrir los términos apropiados de búsqueda y a discernir entre toda la información encontrada cuál es la más válida. Las máquinas pueden almacenar millones de páginas con toda clase de contenido, pero somos nosotros los que finalmente debemos contar con los conocimientos que nos permitan diferenciarlas. En cuanto a los lenguajes... ¿a qué le tememos? Aún si con el tiempo se infestaran de neologismos y terminaran reducidos a simples imprecaciones, anagramas y acrónimos, no podemos olvidarnos que la comunicación de la humanidad comenzó por señas. Quizás terminemos de la misma manera, pero lo importante es, en resumidas cuentas, transmitir nuestras ideas y sentimientos. Los libros son pilares del conocimiento, pero en la medida que la población se multiplica y el medio ambiente se destruye, se buscan alternativas que eliminen la necesidad de podar nuestros árboles para la elaboración del papel. Las nuevas tabletas digitales de lectura permiten almacenar una biblioteca completa en la palma de la mano, acceder al diccionario con solo golpear una palabra, traducir el texto a cualquier idioma, magnificar el tamaño de letra, enviarle una cita sobresaliente a un amigo, contestar una llamada telefónica y hasta escribir anotaciones tal como lo hacíamos en los márgenes de las páginas.
No le temamos al futuro. Los educadores tenemos la responsabilidad de educarnos para educar y el dominio de la tecnología es quizás lo prioritario que debamos inculcarnos para podérselo transmitir a nuestros alumnos. De lo contrario, continuaremos egresando generaciones de graduados semianalfabetos y semifuncionales.

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