Cuando digo futuro...
Confieso que a veces temo, en especial cuando miro al pasado y descubro que casi todos los sueños del hombre se han hecho realidad: Veinte mil leguas de viaje submarino, De la tierra a la luna, y La vuelta al mundo en ochenta días, del escritor francés Julio Verne (1828-1905), son unos ínfimos ejemplos, entre muchos, sobre presagios aparentemente inverosímiles que paulatinamente se convirtieron en realidad. De ahí que géneros literarios de ciencia ficción y fantasiosos fueran tan bien recibidos por una audiencia ávida de escapismo. Ahora que se han disparado los precios de muchos alimentos básicos alrededor del mundo, cabría especular si llegaremos a ser testigos de una sociedad barbárica. Hay muchas obras, y hasta películas, que pronostican la decadencia de la humanidad que lucha por sobrevivir en un mundo semidestruido por las guerras. Los religiosos se regocijan anunciando los últimos tiempos, mientras que los ateos se regocijan de manera parecida. Para unos el fin se debe a la ira de Dios, mientras que para otros se debe a la estupidez del hombre con su consumismo voraz y destructivo. Cualquiera que tenga la razón terminará descompuesto en minúsculas moléculas. Entonces vale preguntarnos si esta hambruna colectiva es el preámbulo de la fatídica hecatombe o un simple apretón más de los grandes torturadores corporativos para ver hasta donde nos resiste el gaznate. Al final... ¿Qué importa? Como quiera la suerte de la humanidad está echada, y tarde o temprano descubriremos si esas historias tenebrosas también formarán parte de nuestra extensa colección de calamidades. Por eso no escatimo los esfuerzos por sonreírle a cada quién que comparte mi camino. Al final de cuentas, sería horripilante imaginarme vagabundeando por las calles y dispuesto a matar al primero que se me atraviese con unos rastrojos de comida.Etiquetas: fantasía, ficción, fin, futuro, hambre, Julio Verne, sociedad
















