Análisis y comentarios de actualidad en español sobre educación, política, arte, literatura, fotografía, videos, narrativa, poesía, ensayos, y otros temas culturales en los Estados Unidos.

19 de abril de 2008

Tengo hambre...

¡Qué sensación tan humana! Un hormigueo sutil por la región céntrica del cuerpo nos obliga a detenerlo todo y salir en búsqueda de cualquier alimento. Ese aspecto nos une a todos los seres vivos del planeta. Y da lo mismo si se trata de un bípedo, cuadrúpedo, mamífero, coleóptero, artrópodo, o rizópodo, todos, absolutamente todos, en algún momento del día estamos destinados a compartir la misma... ¿sensación? Bueno, le llamaré “instinto” para no meterme en divagaciones conceptuales.
El caso es que tengo hambre y me dispongo a ingerir algún alimento atractivo a la vista, el olfato, el tacto, y por supuesto, al paladar. En realidad es algo muy simple. Tengo cientos de opciones alrededor, desde una simple manzana, a una variedad de suculentos platillos congelados de tres o cuatro combinaciones que incluyen hasta el postre. No entiendo por qué mi mundana necesidad de comer se ha convertido en la complicada operación de investigar la procedencia de mis alimentos y hasta la etimología de sus ingredientes. Yo era de los que pensaba que una vaca daba leche, el trigo crecía gracias al sol y a la lluvia, una gallina ponía un huevo y una manos candorosas amasaban la harina bien tempranito en la mañana para que el trozo de pan con mantequilla acompañara mi café con leche, los huevos fritos con jamón y de colofón alguna que otra fruta. Pero no, la industria alimenticia, en competencia desigual con la naturaleza “fabrica” los alimentos con ingredientes sintéticos. Los animales engordan con hormonas para que estén consumibles en corto tiempo y ya de paso engorden también las ganancias de sus comercializadores. El otro día casi me caigo del espanto cuando leí en el contenido de un jugo de toronja roja, que había sido coloreado con extracto de un insecto. Miles de miligramos de sodio junto a sabores y olores artificiales se le adicionan a los alimentos con el objetivo de hacerlos más atractivos, más baratos, más sintéticos. Ya el azúcar de caña es casi un objeto de museo; ahora utilizamos endulzantes engendrados y adulterados molecularmente. Intento leer los ingredientes de una simple galletita (¿qué daño puede hacerme una galletita?), pero descubro con horror una letanía de palabrejas impronunciables: Oleamidopropyl Dimethylamine Hydrolyzed; Proteína animal isotérica hidrolizada AMPD; Dihydrogenated Tallow Benzylmoniumchloride; Disodium Tallowaminodipropionate. Pienso que quien inventa estos nombres debe estarse riendo con solo imaginarse nuestra expresión estúpida al tratar de pronunciarlos.
Confieso que al comienzo de esta nota estaba hambriento, pero ahora, en la medida que profundicé en la problemática alimenticia, he perdido el apetito. Quizás me vaya al mercado con mi computadora portátil para buscar el significado de los ingredientes de los alimentos, o simplemente ingiera un puñado de minúsculas uvas, siempre y cuando me aseguren que han sido certificadas “orgánicas” y provienen de nuestra hermosa naturaleza.

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15 de abril de 2008

Cuando digo futuro...

Confieso que a veces temo, en especial cuando miro al pasado y descubro que casi todos los sueños del hombre se han hecho realidad: Veinte mil leguas de viaje submarino, De la tierra a la luna, y La vuelta al mundo en ochenta días, del escritor francés Julio Verne (1828-1905), son unos ínfimos ejemplos, entre muchos, sobre presagios aparentemente inverosímiles que paulatinamente se convirtieron en realidad. De ahí que géneros literarios de ciencia ficción y fantasiosos fueran tan bien recibidos por una audiencia ávida de escapismo. Ahora que se han disparado los precios de muchos alimentos básicos alrededor del mundo, cabría especular si llegaremos a ser testigos de una sociedad barbárica. Hay muchas obras, y hasta películas, que pronostican la decadencia de la humanidad que lucha por sobrevivir en un mundo semidestruido por las guerras. Los religiosos se regocijan anunciando los últimos tiempos, mientras que los ateos se regocijan de manera parecida. Para unos el fin se debe a la ira de Dios, mientras que para otros se debe a la estupidez del hombre con su consumismo voraz y destructivo. Cualquiera que tenga la razón terminará descompuesto en minúsculas moléculas. Entonces vale preguntarnos si esta hambruna colectiva es el preámbulo de la fatídica hecatombe o un simple apretón más de los grandes torturadores corporativos para ver hasta donde nos resiste el gaznate. Al final... ¿Qué importa? Como quiera la suerte de la humanidad está echada, y tarde o temprano descubriremos si esas historias tenebrosas también formarán parte de nuestra extensa colección de calamidades. Por eso no escatimo los esfuerzos por sonreírle a cada quién que comparte mi camino. Al final de cuentas, sería horripilante imaginarme vagabundeando por las calles y dispuesto a matar al primero que se me atraviese con unos rastrojos de comida.

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