Análisis y comentarios de actualidad en español sobre educación, política, arte, literatura, fotografía, videos, narrativa, poesía, ensayos, y otros temas culturales en los Estados Unidos.

30 de abril de 2008

Grandes ironías

No entiendo el razonamiento de mis compatriotas. Se lanzan a las calles a protestar por las olimpiadas, a favor (o en contra) de los homosexuales, en defensa de los animales, o por cualquier otra noble causa. Lo risible es que no protesten porque este es el único país del mundo industrializado sin vacaciones garantizadas para los trabajadores; pero nadie protesta. Los empresarios llenan sus plantillas con mano de obra subcontratada por otra compañía que se embolsa un porcentaje del salario y de esa manera evitan brindarle beneficios a sus empleados, pero nadie protesta. Otro recurso de que se valen muchas empresas es el de ofrecer posiciones a tiempo parcial, para evitar las cuarenta horas que autenticarían el derecho a algunos beneficios, pero nadie protesta. Los agraciados que cuentan con un empleo “seguro”, y lo entrecomillo para recalcar que puede dejar de serlo en cualquier instante y por cualquier motivo, ahora también deben aguantar las humillaciones de ser escudriñados: No pueden fumar en horarios extralaborales. No pueden aumentar unas libritas de más. ¡No pueden ni siquiera envejecer! porque tienen que aparentar una vitalidad eterna; pero nadie protesta. Los seguros médicos cobran precios inalcanzables, pero cuando la persona se enferma buscan cualquier excusa para no cubrirles la enfermad; pero nadie protesta. La lista sería interminable y aburrida, pero sobre todo llena de ironías.
De acuerdo a un reporte publicado en el sitio CNNMoney.com, la brecha entre ricos y pobres se ha ensanchado en los últimos años. Los salarios de la mayoría trabajadora disminuyeron, mientras que para un minúsculo grupo aumentaron un nueve por ciento. La desigualdad entre ricos y pobres ya se está pareciendo a cualquier país latinoamericano o del llamado tercer mundo. La única diferencia es que en esos lugares la gente sabe que es pobre, muy pobre. Aquí, en diferencia, la gente se imagina que pertenece a una clase medianamente acaudalada. Una clase media que vive en casas de cartón y yeso prensado, que se alimenta de comida genéticamente adulterada con altos concentrados de sodio, hormonas y químicos; que ha sido entrenada a no pensar para ser manipulada fácilmente… pero nadie protesta. Y ahora que se aproximan las elecciones, el pueblo cifra sus esperanzas en el próximo presidente, como si tuviera una varita mágica para cambiarlo todo y regresarle a los desempleados sus bien remunerados trabajos que se marcharon a la China o a la India. ¡Qué ironía! Y pensar que durante muchos años nos adiestraron a sentirnos orgullosos cada vez que consumíamos algún producto “fabricado en los Estados Unidos”. Lo más irónico de todo es que se nos habla mucho de patriotismo, pero las grandes empresas no hacen patria ni protegen a los ciudadanos del país que les permiten acumular sus groseras ganancias.

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15 de abril de 2008

Cuando digo futuro...

Confieso que a veces temo, en especial cuando miro al pasado y descubro que casi todos los sueños del hombre se han hecho realidad: Veinte mil leguas de viaje submarino, De la tierra a la luna, y La vuelta al mundo en ochenta días, del escritor francés Julio Verne (1828-1905), son unos ínfimos ejemplos, entre muchos, sobre presagios aparentemente inverosímiles que paulatinamente se convirtieron en realidad. De ahí que géneros literarios de ciencia ficción y fantasiosos fueran tan bien recibidos por una audiencia ávida de escapismo. Ahora que se han disparado los precios de muchos alimentos básicos alrededor del mundo, cabría especular si llegaremos a ser testigos de una sociedad barbárica. Hay muchas obras, y hasta películas, que pronostican la decadencia de la humanidad que lucha por sobrevivir en un mundo semidestruido por las guerras. Los religiosos se regocijan anunciando los últimos tiempos, mientras que los ateos se regocijan de manera parecida. Para unos el fin se debe a la ira de Dios, mientras que para otros se debe a la estupidez del hombre con su consumismo voraz y destructivo. Cualquiera que tenga la razón terminará descompuesto en minúsculas moléculas. Entonces vale preguntarnos si esta hambruna colectiva es el preámbulo de la fatídica hecatombe o un simple apretón más de los grandes torturadores corporativos para ver hasta donde nos resiste el gaznate. Al final... ¿Qué importa? Como quiera la suerte de la humanidad está echada, y tarde o temprano descubriremos si esas historias tenebrosas también formarán parte de nuestra extensa colección de calamidades. Por eso no escatimo los esfuerzos por sonreírle a cada quién que comparte mi camino. Al final de cuentas, sería horripilante imaginarme vagabundeando por las calles y dispuesto a matar al primero que se me atraviese con unos rastrojos de comida.

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